CriSzis en la Prepa (Foto: Cortesía)
CriSzis en la Prepa (Foto: Cortesía)

Gay adolescente

Por @CriSzis

Tenía 17 años de edad cuando perdí la virginidad. Siempre me sentí atraído por los varones y aunque había tenido “novias” de manita sudada y besos tiernos en la secundaria, nunca sentí deseo por ir más lejos con ellas, siempre me distraía con el bulto de algún compañero en la clase de deportes o con las nalgas de mi profesor de matemáticas.

Una vez escuché a una tía decir que las chicas que se casaban con señores les había hecho falta amor paterno. A mi no me hizo falta eso, digo todos tenemos broncas con nuestros padres pero la verdad el mío siempre fue cariñoso, incluso comprendió más rápido mi homosexualidad.

Pero las palabras de mi tía retumbaban en mi cabeza cuando me enamoraba del papá de algún amigo, o de alguno de mis profesores de la prepa o del albañil que construía la casa de mi hermano mayor.

Dudaba ¿Estará mal que me guste ese señor?, luego intentaba concentrarme en los chicos de mi edad y aunque era divertido compartir con mis amigas gustos por los “guapos” del salón, en las noches yo solo pensaba en mi profesor de Álgebra; un tipo maduro, de unos 40 años, 1.80 de altura, un poco rellenito, ojos claros y mente indomable.

La primera vez que un chavo se me declaró lo rechacé porque aunque aún no sabía lo que quería, aunque siempre tuve claro lo que no quería, y yo no quería un niño….

En el año 2001 cuando tenía 16 de edad, aún no había tanta apertura para ligar y pocas opciones para hacerlo de forma segura. Lo mejor que podíamos hacer los adolescentes era buscar porno en internet y entrar a las “salas de chat”… ¡Dios, viejos tiempos!

Fue en una de esas salas en “El Chat”, donde encontré a Manuel. Me dijo que tenía 35, para ese entonces lo veía como un señor -ahorita no se atrevan a decirme igual-, trabajaba en Hacienda y vivía por Coapa. Pasaron las semanas, la charla era muy interesante, sin siquiera conocer su rostro me hizo sentir atraído sexualmente. Cada mañana despertaba empapado luego de uno de esos poéticos sueños húmedos de la adolescencia.

Tras unos meses, ya con 17 años de edad, llegó el final de la Preparatoria. Entre preparativos de la graduación en la Prepa 1 de la UNAM, mi primera borrachera, y demás aventuras dignas de Mean Girls, mi amado profesor de Algebra me mandó a mi primer Examen Final en toda mi vida.

Para quienes no lo sepan un Final es lo previo antes de que te manden al Extraordinario y que luego repruebes. Ya sé no era grave pero yo siempre he sido el gay más ñoño así que sufrí mucho y además el hecho de que el amor de mi vida me haya mandado a final, rompió mi corazón.

Mi soledad me estaba matando, ya saben drama adolescente. Decidí asistir a un grupo de estudio con la más ñoña de la escuela para preparar el Final. Íbamos un grupo muy divertido de chicos y chicas, a veces dejábamos plantada a la tutora y corríamos a las trajineras a embriagarnos ilegalmente al amparo de la sociedad de inicio de milenio.

Uno de esos días regresé a casa muy excitado, un compañero me había mostrado accidentalmente su miembro viril cuando entramos al baño en el embarcadero Nativitas. No pude quitarme la imagen de la mente hasta que llegué a casa y me senté frente a la computadora, ahí estaba esperándome un mensaje de Manuel.

Comenzamos a chatear y poco a poco las cosas subieron de tono. Finalmente Manuel se decidió a dar el primer paso: “Qué tal si te escapas del grupo mañana y paso por ti a Xochimilco”, propuso.

Acepté. Nos vimos frente a la Iglesia principal de Xochimilco, templo dedicado a San Bernardino de Siena.

Para reconocernos Manuel me dijo que llevaría botas vaqueras, mezclilla, camisa a cuadros y un sombrero texano. Lo reconocí de inmediato, era como lo había idealizado. Alto, corpulento, ojos miel, barba tupida y unas manos enormes.

Tenía mucha pena y la verdad me quedé paralizado al verlo. Manuel entendió y se me acercó tiernamente, me tomó del hombro y me dijo: “Estás muy bonito Cris, quiero comerte a besos pero pues aquí no podemos”.

Las señoras salían de misa, yo estaba muy nervioso pero la gente parecía no notar nada raro en que un hombrón conversara con un jovencito de 1.60, muy delgado, afeminado y con las mejillas sonrojadas.

Manuel me llevó hasta su carro, fuimos a comer pizza a una plaza cercana. De regreso a su auto me besó tiernamente y me di cuenta que yo no sabía besar. Él sonrió y me dio un beso en la frente.

Me preguntó si quería ir a su casa, yo estaba totalmente entusiasmado y dije que sí. ¡Qué emoción! pensé, “al fin voy a dejar de ser virgen”. No sabía bien qué significaba eso, solo había escuchado a Madonna decir un millón de reproducciones que se sentía tan virgen como tocada por primera vez, o a Britney que le “dieran una vez más”, esas eran mis referencias sexuales.images-5

Llegamos a su casa en una zona detrás de Galerías Coapa. Nos besamos por mucho tiempo, me quitó la ropa y siguió acariciándome. Noté que tenía una erección y eso me excitó más. Imité lo aprendido en las largas horas de porno en la web, le bajé el cierre y bueno pasó lo que tenía que pasar.

Doloroso placer pensé, lloraba pero le pedía que siguiera, “¿Estás seguro?”, me preguntaba Manuel, “Sí dale, tú dale”, respondía con lágrimas en los ojos. Terminó, se quitó el condón y luego me enseñó cómo hacer sexo oral, me vine en su cara.

Descansamos un poco y me llevó a la regadera, me bañó y volvió a penetrarme. Fue la tarde más chida de toda mi vida.

Cuando me fue a dejar se despidió con un beso. Le di mi número y el me dio su celular, en ese entonces poco común. Él me hablaba todas las noches a mi casa, nos veíamos una vez por semana hasta que llegó el día de la graduación.

Fue a verme a la fiesta, sin miedo pasó entre todos mis amigos para entregarme un regalo. Nadie sabía si era mi papá, un hermano mayor o quién chingados. Lo abrí, era un celular Nokia de super moda, wow. Lo seguí hasta el estacionamiento del salón de fiestas y entre los carros lo besé.

Escapamos un rato a su casa sin saber que sería la última vez que lo vería.

Pasaron semanas, hablamos todos los días, luego menos, hasta que yo entré a la universidad y me confesó: “Ya no podemos vernos chaparrito”.

Manuel era casado y tenía unas gemelitas, aunque se sa
bía homosexual también entendía el rol masculino que la sociedad le obliga a aparentar. Lo mejor era separarnos. Me rompió el corazón. Fue mi primer amor.

Hoy lo recuerdo y pienso: “Lo volvería a hacer de nuevo”. Ahora sigo buscando eso en los hombres, madurez, inteligencia, sabiduría y ternura. Hoy es para mí más difícil encontrar a ese hombre más grande que yo en todos los sentidos… sí, todos. Pero lo seguiré intentando.

Publicado el 11 OCT 2017 por @CriSzis

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