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Casos Guevara y Barracuda, el síntoma de un problema mayor

Una atleta olímpica retirada y hoy legisladora y una cantante pop han sido agredidas en los últimos días por desconocidos, llamando así la atención de los medios de comunicación hacia uno de los problemas más serios que enfrenta este país: la violencia de género.

Y es que caxxos como estos son emblemáticos, pero también representan de manera simbólica a los miles de casos que día a día se producen en México y que se encuentran invisibilizados por el Estado, pero sobre todo por la sociedad, casos de mujeres que en su vida cotidiana sufren de prácticas violentas en la calle, en el trabajo o en el interior de sus domicilios; violencias producidas por cualquier desconocido o por el ser más amado y que se sufren en silencio ante la amenaza constante de ser revictimizada, por el agresor o por la sociedad si habla de su experiencia.

México es un país peligroso para las mujeres, según el INEGI el 63% de las mujeres mexicanas mayores de 15 años afirman haber sido víctimas de este fenómeno alguna vez en su vida, pero ¡dónde se originan estas agresiones?

EL matemático y sociólogo noruego Johan Galtung, explica el surgimiento de los fenómenos violentos a través de su modelo teórico del triángulo de la violencia donde se puede apreciar que los fenómenos a los que llamamos violentos en si, aquellos que identificamos de inmediato como violentos (una golpiza, una agresión sexual, un feminicidio) no son más que el síntoma, por así decirlo de un problema mayor, invisible y subyacente que trae como resultado esa violencia directa.

El problema está pues en la violencia estructural y cultural que se erigen como pilares de la ya mencionada violencia directa. En primer lugar la violencia estructural se refiere a todas las formas de organización de la sociedad que permiten la dominación de un grupo sobre otro, en este caso en particular, la organización social patriarcal que existe en nuestro país, donde automáticamente los hombres obtienen  más poder económico, político y familiar por el simple hecho de ser hombres (si usted cree que no pregúntese cuántas presidentas, gobernadoras y presidentas municipales han existido en nuestro país y compárelo con el número de hombres que han ocupado estos cargos).

Por otro lado se encuentra entonces la violencia cultural, en otras palabras, toda las manifestaciones del discurso que legitiman o justifican la existencia de la violencia estructural, en el caso de nuestro país la cultura machista que hombres y mujeres reproducen a través de comentarios, chistes, críticas, telenovelas, canciones y otras formas de comunicación como las redes sociales , que si Ana Gabriela es machorra y fea, que si María Barracuda quiere publicidad, que si las víctimas de violación se visten de tal manera, que si andaban ebrias o drogadas, que si se fueron con un hombre ya sabían a lo que iban; comentarios producidos de manera casi automática ante cualquier agresión a cualquier mujer, comentarios llenos de odio y desprecio hacia la víctima, no hacia el agresor, que terminan justificando la conducta y culpabilizando a las mujeres de lo ocurrido.

El peligro entonces es ese, que cuando la violencia estructural y la cultural se juntan, no hay quien las pare, la violencia directa aparece sin remedio y el esquema se reproduce una y otra vez.

Es por eso que las sanciones más severas, las leyes por una vida libre de violencia y otros productos legislativos no cumplen su cometido de parar un fenómeno que crece día con día en nuestro país, porque el objetivo principal debería ser reconstruir a la sociedad desde una base en donde el machismo no sea posible, desde donde hombres y mujeres tengamos las mismas oportunidades de desarrollo familiar, político y económico, una sociedad que eduque a sus miembros en el respeto y el apoyo a las víctimas de delitos y donde el machismo no se reproduzca como cultura.

Piénselo de esta manera, la próxima vez que usted haga un chiste machista o se ría de él o critique a una mujer víctima de un delito, es como si usted con sus propias manos la estuviera agrediendo.

Por Ximena Fernández Pineda, criminóloga.

 

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